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¿Quién mató a Juan Asensio?

Elalmeria.es (Óscar Lezameta | Actualizado 20.01.2014 - 10:22)

 ¿Quién mató a Juan Asensio?
Sin duda fue el crimen que ha cambiado la historia. En la noche del 6 de febrero de 2004 y en contra de la leyenda urbana que hablaba de celebraciones, en las calles de Almería hubo miedo a todo, a las reacciones, a posibles represalias, al día después de que Juan Asensio fuera encontrado con dos balazos en su cabeza en la entrada del ascensor de su casa en la calle Méndez Núñez.
Hubo más patrullas policiales que nunca por las calles del centro y los locales de su conocido rival Giuseppe D'Amico se vigilaron en busca de signos, de atisbos que permitieran a los muchos amigos del empresario (que sin duda tenía) cobrarse su venganza. Por suerte para todos, no la hubo. No le dieron ninguna oportunidad y en medio de un charco de sangre se perdía una vida de alguien que se empeñó marcar la vida de Almería y lo consiguió.

Según el sumario al que ha tenido acceso Diario de Almería, el cuerpo "del que en vida fue Juan Asensio" se encontraba en el interior del ascensor, en posición sedente, inclinado hacia el lado izquierdo y con la cabeza apoyada en la pared lateral del ascensor, con varios regueros de sangre". Su última ropa fueron un pantalón de pana, zapatos marrones, calcetines negros, camisa gris oscura y un gorro de color azul oscuro; sus últimas pertenencias, una cartera, un DNI caducado, un manojo de llaves, un móvil y un talonario de cheques. Había recibido dos disparos; el primero de ellos en la boca a menos de 30 centímetros de distancia, el segundo casi de manera inmediata, mientras se inclinaba, mortal de necesidad y propio de quien no quería dejarle vivo. Se encontró una vaina en el lugar de los hechos y en su cuerpo dos proyectiles del calibre 9 milímetros BRC de la marca S&B disparado por un arma Browning fabricada por la empresa Sellier el Bellot de la capital checa, Praga, munición y semiautomática comunes entre quienes hacen de la muerte ajena su negocio. Por supuesto, estaban limpias y no se pudo corroborar que hubieran sido utilizadas en crímenes anteriores. Un asesinato profesional.

La hora de la muerte se estableció pocos minutos después de la una de la madrugada. Menos de dos horas después una pareja de vecinos que regresaba a su casa después de tomarse unas copas se encontró con el macabro hallazgo, llamaron a la policía. Su asesino no quería fallar y no lo hizo. Desde entonces, el sumario 547/2004 permanece sin cerrar.

El último día de la vida de Juan Asensio comenzó dentro de su más estricta rutina. Se levantó a las 9:30 horas y se dirigió al teatro Cervantes; estuvo en su cortijo de la localidad de Gádor que estaba arreglando y que precisaba reparaciones para obtener agua; a las seis de la tarde se dirigió a sus salas de cine del Centro Comercial mediterráneo; después regresó a su domicilio y volvió a los cines a las nueve de la noche; al acabar las sesiones dejó, como tenía por costumbre a sus trabajadores en sus respectivos domicilios. Después, sus pasos están seguidos al minuto; a las 0:43 dejó su coche Mercedes en el garaje; a la 1:15 horas una cámara de seguridad de una entidad bancaria registró su última imagen con vida. Entró en el portal, cerró al puerta con llave como tenía por costumbre y se citó con su asesino. Como es también costumbre, nadie oyó nada, salvo una vecina que sintió algunos golpes, como el que tantas veces se hacían a la hora de salir del portal y siguió durmiendo.

Comienzan las conjeturas. No hubo robo, el móvil no era ese (sólo le quitaron las llaves para poder abrir la puerta). Se le vio ese mismo día con su vehículo haciendo maniobras extrañas; se detenía y volvía a ponerse en marcha, tal vez temiendo que estuviera siendo vigilado. El asesino contó con un cómplice que seguía a Juan por las calles casi desiertas y que cuando llegó al portal avisó a quien debía ejecutarle. Cada una de ellas, con su parte de realidad y fantasía de serie de policías americanos de las que se veían en sus pantallas.

Sus restos revelaron un trabajo impecable; ni una huella cotejable, ni un rastro al que agarrarse. Fue el trabajo de un profesional. Juan Asensio tomaba naproxeno, un antiinflamatorio, nada de alcohol ni sustancias corrían por su cuerpo.

Se cotejaron, así aparece en el sumario, a todos sus familiares: su compañera sentimental, a sus hijos Antonio y Juan, con quienes, según el sumario, "no mantenían buenas relaciones con su padre", uno porque le acusaba de ser el autor de la muerte de su madre y otro que había puesto contra él varias denuncias; de sus otros dos hijos con quienes dirigía sus negocios, su círculo de amistadas, dos extrabajadores, un exsocio en Granada, un economista, un socio y el sempiterno Giuseppe D'Amico que murió poco después en medio de unas torturas inimaginables y que contribuyó a cerrar una relación de amor y odio que, sin duda, marcó la historia criminal de la provincia de Almería.

Se practicaron escuchas telefónicas por orden del Juzgado de Instrucción número 4 de los de Almería que se ocupó del caso, se peinaron sus teléfonos móviles, se pidió registro de sus últimas llamadas, se registraron sus oficinas del teatro Cervantes en busca de indicios, de alguna pista que el cadáver no les ofreció a los investigadores. Apenas una uña en uno de sus dedos que no tenía nada que ver con el asunto, una huella aprovechable en el ascensor que tampoco y una caja de cartuchos que se encontró en el cine del paseo. Nada significativo, callejones sin salida en busca de una solución que no llegó.

La única pista la ofreció alguien conocido en los ambientes delincuenciales, relacionado con uno de sus enemigos reconocidos, un empresario de clubes de alterne. Este, según el sumario, apuntó a "un cargamento de droga y de mujeres que se iban a repartir entre ambos; la droga para Juan y las mujeres mejicanas" para el otro. Al querer este último ser parte del envío de la cocaína, comenzaron las disputas, discusiones y enfrentamientos que condujeron a su muerte. Esta se produjo por encargo a un ciudadano rumano que también fue objeto de seguimiento telefónico. Sus relaciones con los clubes de alterne de la provincia, tampoco fueron suficientes como para poder traspasar el umbral de la sospecha. Años después se abrió una nueva línea de investigación. En una operación contra la prostitución en abril de 2009, se encontraron dos armas que, en un principio, parecían estar relacionadas con el crimen de D'Amico y de Juan Asensio. De nuevo condujeron a la nada.

Quedan pocas personas en la Comisaría de la capital de aquel entonces. La década de tiempo parece haber borrado cualquier recuerdo de aquellos días en los que la provincia de Almería era permanente noticia en los medios de comunicación nacionales por una tasa de criminalidad superior a la de cualquier otro lugar. Similitudes con las películas del espagueti western que se rodaron en sus escenarios ofrecían el símil más fácil, pero la propia realidad ya ofrecía guiones más sugerentes.

El epílogo de Juan Asensio fue propio de su vida. La salida del coche fúnebre del Tanatorio frente al cementerio fue detenida por los centenares de asistentes. Sacaron su ataúd y a hombros, con la circulación detenida por patrullas de la Policía Local de Almería, la escena era propia de esas películas sobre la mafia en algún lugar apartado de la Sicilia profunda. En la entrada del camposanto, el cortejo dio un mensaje a quienes informaban sobre la escena: "ya está bien". Nadie dio un paso más. Entre quienes portaban su ataúd, uno de sus hombre de confianza que fue asesinado por el hijo del empresario tras un enfrentamiento en la Rambla y a plena luz del día,. Fundido a negro.
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